Música de fondo: "Realidad o sueño" Jarabe de palo

Me despido de ti por décimo quinta vez en cinco minutos. Está claro que me cuesta hacerlo, pero no tanto como irme. Oigo salir de tu boca un “luego te llamo”, me das un último (no sé hasta que punto último) beso y te vas, siendo nuestras manos lo último que se despide y toca. Definitivamente te vas. Me doy la vuelta justo antes de subir al autobús y veo como te alejas. Enseguida me vuelvo, es costoso ver como te distancias de mi.

Me acerco al conductor, le digo un “hola” y a cambio ni me mira a la cara. Da gusto tratar con según quien. Subo al autobús, busco mi sitio y me alegra ver que me ha tocado ventanilla, (soy como una niña para según que cosas).

Preveo un viaje largo, costoso, pensativo...como no, divagante. Se me hace necesario pensar en lo que ha curioso en tan sólo 48 horas; que ha cambiado, que no; que supone todo “esto” ; por qué en ese momento y por que no antes o después; habrá más, habrá sido todo; sería un “hasta luego”, un “adiós”...

Todavía no hemos comenzado el viaje, el motor aún está parado y yo ya estoy dándole trabajo a mi cabeza. Me digo a mi misma un... “Uxue, no cambias”.Me pregunto cómo es que la persona que viajará junto a mi no ha venido aún, pero pronto llega: una señora mayor que se santigua justo cuando el motor es puesto en marcha (gesto que me asusta por cierto).

Estoy saliendo de la estación, pero ya me siento a 300 kms de ti. Fuera es totalmente de noche. Me detengo a ver con precisión los edificios, los coches, los hoteles... es una gran paranoia (lo sé...) pero la ciudad parece distinta a cuando llegué.

En medio de mi aparente estado de trance, noto como la “Sra. Santiguadora” y ahora mi compañera de viaje se echa sobre mi y levanta un brazo en busca de la luz para poder leer así su periódico. De por si, me molesta, mi objetivo básico para el viaje es dormir y así tratar de no pensar, pero con la luz será difícil. Pero no, la Sra. Santiguadora no se conforma con su luz y da la mía sin ni siquiera decirme un... “¿te importa?”. Agg...ya tengo un par de motivos para que no me caiga bien. Pero en fin... mi sueño, que para algunos casos es tan especial, se propone un reto y afortunadamente lo consigue, es decir, me duermo (yujuu...).

Oigo un ruido, me desvelo. Suena mi móvil, es un mensaje, y podría seguir durmiendo, pero la intriga y curiosidad de saber si es tuyo no me deja seguir con los ojos cerrados. La sonrisa de mi cara evidencia quien es el que lo escribe, y sin pensarlo me pongo a contestarlo. Trato de ser ocurrente, es la primera comunicación que tengo contigo desde que te he visto, pero son 120 caracteres, no dan mucho de si.
Obtengo respuesta (cosa que nunca había pasado y me encanta aunque sólo sea por la sorpresa de un segundo mensaje, aunque también por su contenido claro) así pues quizá sí haya estado elocuente.

Queda hora y cuarto para llegar a mi ciudad y sé a ciencia cierta que ya no podré dormir. Parece una bobada, pero tus mensajes dan continuidad a esto, la idea de “adiós” se aleja mientras que el “hasta luego” se acerca.

El resto del viaje se hace largo, la luz de mi “compañera” de viaje me molesta cada vez más (su periódico parece interminable) y sólo pienso en llegar a mi ciudad, siendo inmensa la sorpresa al observar que llegamos quince minutos antes de lo previsto.
Me hago la valiente al bajar del autobús y no me pongo la cazadora, “me resultará más fácil abajo” me digo, pero una vez en la calle me arrepiento. No hay duda, estoy en mi ciudad aunque sólo sea por el frío que hace.
Cojo mi macro-maleta para dos días y pongo rumbo a un nuevo autobús que acabará llevándome por fin a casa.
En el trayecto, que dura aproximadamente veinte minutos, observo la calle y me doy cuenta de que está vacía, no hay nadie. Busco motivos pues:

-¿La hora?; No, no creo. No es tan tarde.
-¿El día?; pues lo dudo, es domingo.
-¿Algún partido "relevante"?; puff...ahí sí que no tengo ni idea.
-¿El frío?; Umn...muy posible, de hecho asumo que es por esta razón, hasta que llego a al conclusión de que esta ciudad se me ha quedado pequeña, y que lo que hace dos días me parecía “normal”, ahora no es suficiente.

Entre unas cosas y otras, por fin llego a casa. Saludo a la perra que incluso parece que me ha echado de menos. Trato de cenar, pero no tengo hambre (qué raro). Pienso en encender el ordenador, pero estoy demasiado cansada, así pues... acabo tirada en la cama tapada con una buena manta que sólo fomenta que me quede dormida.
¿Por qué no me voy a dormir? Pues tan simple como que espero una llamada (llamada). Podría llamarte yo, pero sigo con mi lucha interna sobre el “hasta luego” y el “adiós” y no quiero forzar nada.

Suena el móvil y oigo tu voz diciendo unas palabras que me producen un escalofrío (literal). Haces que me sienta culpable por dudar (y te lo agradezco), pero tienes que entender que “soy todo lo que me pasa” (gran frase del grupo Fábula) y que hay cosas y actitudes que no puedo evitar.

Tras no se cuantos minutos, nos despedimos por décimo sexta vez en el día, y se, que pese a ser algo muy extraño en mi, dormiré del tirón y con una sonrisa en la boca. ¿Lo mejor? Que eres el culpable.

Ahora la pregunta es... ¿cómo saber si ahora estoy despierta y no soñando?.

Uxue