Powered by Castpost

Un cúmulo de circunstancias (que no viene al caso en este post, y quizá en ninguno) hacen que lleve unos días algo distraída, distante, ausente y como no, con la mirada perdida a cada instante buscando quién sabe el qué.

A este aspecto no le favorece el hecho de que mi vida se ha convertido en una rutina tremendamente monótona y agotadora, aunque bueno, no voy a negarlo, esta situación es fruto y consecuencia de opciones elegidas por .

Todos estos trajines que me traigo, implican una gran movilidad, lo que me ha llevado a coger hasta un total de ocho autobuses diarios (un dato no relevante, pero que a mi me espanta. Que cantidad de tiempo perdido...).

Si hablamos de autobuses, y más concretamente de “autobuseros”, la experiencia me ha hecho darme cuenta de que a estas personas la gente les cansa (o cansó ya hace años), que su trabajo no les agrada, y que tan sólo tratan de pasar las horas lo más rápido posible para poder llegar a sus casas y desconectar, eliminando pues de su quehacer diario cualquier tipo de acto o gesto que pueda parecer amable, amigable o cualquier cosa similar.
( Nota: Reconozco que esto es una generalización en toda regla, y dado que odio hacerlas, tengo que aclarar que como este tipo de gente hay en todos los oficios. Y por otra parte, que en este trabajo, no son todos así, para más muestras, sigan leyendo...)

Hace unos días, en uno de esos trayectos, iba yo (acompañada de mi cara “no entiendo nada”) absorta en mi mundo, cuando a unos doscientos metros de la próxima parada, vi como una chica echaba a correr como si la vida le fuera en ello (normal si pensamos que era el último autobús que hace este recorrido) mientras que el chico que la acompañaba le hacía gestos al conductor del autobús en el que yo iba a modo de... “Espérala, por favor”.

Claramente, para cuando el autobús llegó a la parada, la chica aún no había llegado, y lo que suele pasar en casos como este es que se cierran las puertas y hasta luego muchacha, la próxima vez estate más lista. Pero no (sorpresa, sorpresa) mi “autobusero” y nuevo ídolo, no sólo la espero, sino que la recibió con una buena sonrisa.

Por supuesto, yo, que parecía una actriz más de la película (que queréis, me aburro mucho en el trayecto y que mínimo que observar si se me da tan bien), esbocé otra sonrisa como por contagio.

Seguimos el viaje de lo más normal, y gracias a la situación, y a la transformación de mi cara (de medio enfado / frustración a la sonrisa) me vino a la cabeza una canción que dice...

“Pero sucede también
que, sin saber cómo ni cuándo,
algo te eriza la piel
y te rescata del naufragio”

Aiss... como no, cosas del gran Ismael Serrano, cosas del día a día.

Uxue